Bodas de Sangre

   Fui a ver Bodas de Sangre que hace un grupo de teatro que se llama Fugateatral. ¡Qué versión tan interesante de la obra de Lorca! Quedé en shock. Una versión queer, tan tan ¿cómo decirlo? Porque es un clásico, ¿vio? Y hay que encontrarle una vuelta de tuerca, ¿no? La madre del novio, dios mío, cuánto sufrimiento esa mujer. Me puedo explayar un poco sin miedo, quiero decir sin riesgo de spoilear. Hay una escena donde la novia canta y otra la acompaña con una guitarra que me estremeció, me puso la piel de gallina es poco y me recordó a un familiar que quería ser cantante y no lo dejaron o no pudo o no sé bien qué pasó. Bueno, claro, como mi madre que ya le conté, sí. Quería ir a danzas y piano y la mandaron a cocina y costura. Yo me pregunto, sabe, ¿cómo es que Lorca tiene tanta vigencia? Porque se podría pensar que hoy no existen los amores prohibidos, ¿cierto? Digo, ¿cuál sería hoy la frontera, el muro, el impedimento? Y descubrí algo interesante: lo prohibido es aquello que nos negamos, es la negación de acceder a lo propio... ay, cómo decirlo... el deseo, eso que quema por dentro. Lo digo en palabras de Lorca: Cuando las cosas llegan a su centro no hay quien las arranque. Qué belleza y qué tragedia a su vez. ¿Qué sería para mí el centro? No lo sé, por eso vengo acá. Si mi  deseo está en ese centro del que Lorca habla en mí es como una terminal de sensaciones, como sinapsis insurrectas, como si todo en mi estallara, no, no es estallido, es quietud, es como cuando en la obra la guitarra anuncia la tragedia, lo que va a venir, como la calma que precede al huracán. Así me siento yo, como en calma, en el ojo del huracán pero tremendamente en sintonía con el aburrimiento, sin vida, sin deseo, sin ese centro del que habla Lorca. ¿Cómo dice? ¿Que es en plural? ¿Son centros? ¡Qué barbaro! Yo lo traduje en singular y ya con eso tengo bastante. Ahora usted me dice que es en plural. A ver, tiene el libro aquí, permítame. ¿Puedo leerlo? A ver... dice así Lorca a través de Leonardo: Callar y quemarse es el castigo más grande que nos podemos echar encima. ¿De qué me sirvió a mí el orgullo y el no mirarte y dejarte despierta noches y noches? ¡De nada! ¡Sirvió para echarme fuego encima! Porque tú crees que el tiempo cura y que las paredes tapan, y no es verdad, no es verdad. ¡Cuando las cosas llegan a los centros no hay quien las arranque! Qué belleza, ¿verdad? Sí, nos vemos la próxima. 






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